22.2.11

Correcciones y mandatos

 
     tecnica mixta: aguafuerte + aguatinta.
                            p/a.


“Lo otro que debes notar, hija mía, es, que cuando fueres por la calle no vayas mirando acá, ni acullá, ni volviendo la cabeza á mirar á una parte y a otra, ni irás mirando al cielo, ni tampoco irás mirando la tierra. A los que encontrares, no los mires con ojos de persona enojada, ni hagas semblante de persona incómoda, sino que mira á todos con cara serena: haciendo esto no darás a nadie ocasión de enojarse contra tí. Muestra tu aspecto y disposición como conviene, de manera que ni lleves el semblante como enojada, ni tampoco como risueña. Mira también, hija, que no se te de nada por las palabras que oyeres yendo por el camino, ni hagas cuenta de ellas, digan lo que dijeren los que van o vienen. No cures de responder ni de hablar; mas haz como que no los oyes ni los entiendes; porque haciendo de esta manera, nadie podrá decir con verdad que dijiste tal cosa”.
(Consejos de una madre azteca a su hija, copiado de la obra de Fray Bernardino de Sahagún, “Historia de la Nueva España”, lib. VI, cap. XIX.)


            Iba apenas por la estación Facultad de Medicina pero ya tenía ganas de fumar de nuevo. Seguramente culpa de ese último café, de ese último café de la tarde, de ese último café de la tarde de ese viernes, de ese último café de la tarde de ese viernes de esa semana de invierno, de ese último café /// de invierno en la oficina con Juan que se prolongó el tiempo que fue necesario para terminar de redondear el análisis de la carpeta del insistente de Ergueta (sabés, creo que no hay forma de hacerlo zafar, aunque tal vez no sea tanta guita después de todo), comentarse los estrenos del cine del jueves pasado (no los de ayer porque Manuel dejaba prudencialmente transcurrir una o dos semanas para que las agolpadas taquillas se ralearan, de modo de ver el film con al menos una butaca vacía en cada lado), confiarse los planes para el fin de semana (¿otro más? Vicky tiene demasiados cumpleaños, Juan) y reiterarse que esta vez, Manuel, no dejes de ir a esa parrilla de la calle Salguero de la que te hablé la otra vez.

            Al menos la hora hacía que el subte no estuviera tan repleto y de hecho Manuel se había podido providencialmente sentar en Tribunales, no sin antes un lugar haber cedido a (o mejor dicho: un lugar haberle sido arrebatado, expoliado, expropiado o con violencia intemperante sustraído por) una sorpresivamente advenediza señora con peludas orejas de raposa que, veloz y repentina como un improptu, fuerte y ágil como un eructo de coca cola, y resuelta y segura como un ritmo de dos negras por tiempo, le impidió ruda y autoritariamente aproximarse siquiera al asiento recién vacante (Manuel no tenía intenciones de adelantársele, de todas formas) aventando a todo eventual usurpador por el conocido expediente de azuzar a su paso con un delgado bastón de mango tallado que movía nerviosamente en círculos sin hacerlo entrar nunca en contacto con el piso, como si estuviera buscando agua subterránea en Salinas Grandes, detectando minas antipersonales en un campo próximo a Sarajevo o acaso, y precisamente, simulando una falsa apariencia de inestabilidad consecuencia de un cierto deterioro orgánico que no se condecía en absoluto con el hecho de que, la señora, solía cruzar temerariamente y muy a gusto por cualquier lado, obviando semáforos, sendas peatonales y prioridades normativas.

CONTINUA. 
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           Lo cierto es que era la cansina tarde de un viernes, Manuel tenía ganas de fumar y estaba sentado en el subte. No a la derecha de Dios Padre Todopoderoso, junto con los ángeles y los santos, sino (y tardó, cosa rara, alrededor de un minuto en darse cuenta de ello) a la izquierda de una mujer que tenía auriculares puestos y llevaba un bolso en la falda sobre la cual tenía sus manos entrecruzadas, lo mismo que entrecruzaba sus piernas bajo el asiento. La mujer era más exactamente una joven de unos treinta años, morocha de tez y pelo castaño sobre los hombros, los auriculares eran más exactamente los de un iPod ya viejo a todo volumen, el bolso era más exactamente una cartera amplia de cuero negro con hebillas rectangulares metálicas a través de cuya abertura superior se podía entrever un cuaderno azul de espirales blancas y un estuche de anteojos, la falda era más exactamente la de una pollera oscura y recta que llegaba con justeza a las rodillas, las manos eran más exactamente dos elegantes y bien cuidadas manos con uñas prolijamente pintadas de rojo opaco cuya longitud apenas sobresalía del extremo de los dedos respectivos, y las piernas eran más exactamente dos soberbios representantes del erotismo que tenían, amén de una consistencia suave pero firme, lisa pero elástica, la anchura justa para contentar a un mismo tiempo, milagro que sucede de tanto en tanto y de vagón de subte en vagón de subte, a los fundamentalistas de lo magro y a los partidarios de lo pingüe.
            La incómoda posición propia de esa forma paradojal de la cercanía secreta, de la lejanía próxima, de la vecindad con solución de continuidad que es la medianera, impedía a Manuel apreciar el todo de la muchacha, cuyos fragmentos iba apenas atisbando y conformando con rápidas y ocasionales miradas laterales que propendían, naturalmente, a su dirección –la odiosa vieja embastonada se veía, además, en la contraria.
            Sin embargo, merced a un giro de cabeza destinado (Forma) a leer el cartel con el nombre de la estación en la que se habían detenido, no sin cierto alivio, ilesos, luego de una bamboleante frenada dos o tres segundos antes, pudo Manuel contemplar (Fondo) el rostro de la pasajera –que prometía no serlo tanto en su recuerdo de las próximas horas.
            Por aquella desconocida pero férrea noción innata e hipersubcutánea de lo que se llama armonía por la cual se avizora, con inmotivada seguridad, de cierta forma determinada lo que sólo se puede imaginar vagamente a partir de un indicio, Manuel se había hecho in mente un cuadro probable de la cara de la mujer que la realidad, antes que confirmar, sencillamente superó: el pelo de un castaño apenas veteado (¿en la publicidad de qué marca de tintura en qué farmacia había visto ese color?) enmarcaba una forma perfecta y perfectamente ovoidal; la frente lo suficientemente amplia y despoblada tenía campo para la expresión plena de seguras risas y complicidades; la boca, poso y pozo de urgencias instintivas para (al menos) la mitad de la humanidad, era soberbia y tranquila, segura de sí y de sus habilidades ocultas; las finas cejas y las pestañas renegridas y curvas resguardaban el fundo señorial de unos potentes ojos claros color de miel que habrían de seguro iluminado por sí solos, en el momento primordial, ese principio del fin, el techo de los cuartos de unos pocos y envidiados hombres elegidos a dedo por el designio elitista y macabro de un darwinismo con excepcional derecho de admisión con que la privativa joven efectuaría sus contadas concesiones.
            El pasmo tenso y la inquietud amorosa de Manuel se acrecentaban conforme experimentaba, una y otra vez, las consabidas, bruscas y súbitas inmovilizaciones en cada estación (el nivel de fricción y gasto de las insospechadamente resistentes pastillas de freno del convoy sólo era comparable al nivel de fricción y gasto de las hilachentas sábanas entre las que Manuel se imaginaba a solas con la observada en una bravía somanta machaza en la que ningún papel debían jugar gracejos, pormenores, delicadezas y timideces hindúes), y poco a poco, o mucho a mucho en rigor de verdad, los torpes soslayos, el sutil rabillo del ojo y las oblicuas miradas de Manuel fueron reemplazadas por más directas, sesudas y largas contemplaciones, por contundentes y arrebatados exámenes y, en suma, por un inequívoco interés alejado de todo decoro que es regla primaria observar no sólo en el subte sino en cualquier espacio compartido.
            Los pensamientos, deseos y apetitos de Manuel saturaron de pronto el limitado espacio existente entre él y la mujer, no hubo más vacío para llenar con palabras impronunciadas, sesgos de confesiones o preparativas de tomas de acción, los tiempos se aceleraron a través del filtro horadado por tanta expectativa irresoluta y la tensión se desintegró como un cable de nylon chino por lo que la joven giró su cabeza, miró a Manuel por un segundo muy detenidamente a los ojos y, aprovechando el silencio de los motores detenidos en la estación Ministro Carranza, sonriéndole le descerrajó de frente, como si fuera la bala de un verdugo ruso que ejecuta una pena de muerte:
            -Hola, ¿cómo te llamás?
            La velocidad con la que Manuel huyó del vagón no impidió que las puertas automáticas se cerraran sobre la parte posterior de su saco, un pedazo del cual quedó solitario flameando a dos aguas entre el túnel oscuro y la decepción de la mujer que se decía, con el arranque del tren, es verdad, hay que esperar que ellos hablen primero.

L.Covelli, escrito.
M. Carbó, ilustración (grabado)

7 comentarios:

eliana dijo...

Muy bueno! me re gusta! Debo decir que soy afortunada porque lo tuve en mis manos...Beso!

chanchubela dijo...

Buenísimo carbó!! Si tuviera plata pagaria para tenerlo en alguna pared de mi depto!

mC. dijo...

Gracias!
Cualquier dibujo o grabado que te guste, ponele vos el precio que va a estar perfecto.!

Gervassss dijo...

Hey que bueno el blog!. Me encata, yo tmb amo a cezzane, tengo un libro que te volveria loca! subi mas cosas tuyas, son muy de oficio... de artista...

Me encanta! siga asi.
Besos, Mua

chanchubela dijo...

Cocó, brillante como siempre. Me transporté a ese subte y los vi totalmente! Tierno y sensual.

Maria Teresa dijo...

hermoso dibujo y vívido viaje!!!!!!Los felicito excelente combinación de espíritus

Maria Teresa dijo...

La sutileza del relato es la manifestación de lo que se imagina uno más de ina vez. Excelente la readacción, es vivenciada la claridad del relato.

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